Pegar con el teclado

Random conversación

– ¡Oye, Chris! ¿Cómo se pega con el teclado?

– Lo agarras firmemente con ambas manos, lo levantas por encima de la cabeza, y lo bajas rápidamente en un ángulo de 45 grados, intentando acertar en un punto vital.

– ….. ¿eh?

– Control V.

– Ah, eso. ¿Y lo de la cabeza y el ángulo?

– Nada, cosas mías.

El misterioso mensaje y el guardapolvo.

¿Alguien lee los mensajes de error? ¿Nadie? Lo suponía.

¡Porrompompero! ¡Porrompompero!

– ¿Seh?

– ¿Chris? Que soy Brutez. Tengo un problema con el ordenador.

– Me lo imaginaba.

– ¿Y eso? ¿Eres adivino o qué?

– Gajes del oficio. ¿Qué te pasa?

– A mi nada. Pero el ordenador no se conecta a internet, y me sale un mensaje.

– ¿Qué pone en el mensaje?

– No sé.

– ¿………..?

– Es que le doy a Aceptar, y se quita. Pero sigue sin conectarse.

– Entiendo. Tienes un problema con el ordenador, te aparece en pantalla un mensaje quizá relacionado, y no se te pasa por la cabeza leerlo.

– Pues no. Es que pone cosas que no entiendo.

– ¿Y eso lo sabes sin leerlo? ¿Quién es el adivino aquí?

– ¡Si yo no entiendo de ordenadores! ¿Cómo voy a entender los mensajes estos?

– Vale, lo que tú digas. Mira, hacemos una cosa. Primero, colgamos, y después…. ¿hola?

Mientras marco su número, me voy dando palmadas en la frente de forma compulsiva. Es un gesto que me ayuda a pensar, y a defecarme en los ancestros de cierto engendro.

– ¡Brutez!

– ¿Qué pasa? ¿No dijiste que colgara?

– A ver si me dejas terminar de hablar, pedazo de alcornoque.

– Ah… vale… ¿qué más me ibas a decir?

– Que sigas con tus cosas. Y cuando te salga el mensajito, ¡LO LEES!

– Pero es que no lo voy a entender.

– Melasu. Apuntas lo que ponga, y me llamas para decírmelo.

– Ah, vale. Eso sí.

– Se te podría haber ocurrido a ti solito, ¿no crees?

– Es que estos ordenadores son tan complicados…

– Por supuesto. Los hemos hecho así adrede, para joder a la gente normal como tú.

– ¿Y por qué sois tan malos los informáticos con nosotros?

– Tenemos mucha sed de venganza, de cuando os metíais con nosotros en el cole.

– Ah, claro. Tiene sentido. Bueno, te llamo cuando me salga el mensajito.

– Cuidarse.

Creo que me ha pillado de buenas. No le he hecho ninguna BOFHería ni nada… Debe de ser cosa del café. A pesar de que me esperaba una llamada al cabo de, como mucho, media hora, el buen hombre tardó un poco más en llamarme.

¡Porrompompero! ¡Porrompompero!

– ¿Telepizza, gameloo?

– ¡Qué tonto eres, Chris! ¡Si sé que eres tú!

– ¿Y cómo estás tan seguro?

– Porque he marcado tu número.

– Evidencia irrefutable, sí señor. Bueno, ¿qué te cuentas, Brutez?

– Que me ha salido el mensajito.

– ¿Mensajito? ¿Qué mensajito?

– Aquél que me salía. Que el ordenador no se me conecta a internet, y me sale un mensajito.

Me quedo callado cosa de dos minutos, pensando profundamente, y al final, caigo.

– El mensajito. Aquél del que me hablaste HACE SEIS MESES.

– Sí, ese mismo.

– Y no te ha vuelto a salir hasta hoy.

– Hombre, sí. Me ha salido muchas veces. Pero nunca me acordaba de apuntar lo que pone.

– Menuda memoria tienes, chaval. En fin, ¿qué pone el mensajito?

– “Inserte tarjeta SIM”.

– Ah. ¿Y has mirado si está puesta?

– Tiene que estar puesta.

– “Tiene que estar puesta”.

– Sí, porque no me pueden vender el módem sin tarjeta SIM.

– Elemental, querido Watson.

– ¿Y entonces por qué me sale esto?

– No has mirado si la tarjeta de verdad está puesta, ¿no?

– Nop.

– Pues mira.

– ¿Donde debería estar?

– En el baño, claro.

Y lo oigo caminando y abriendo puertas. No soy capaz de aguantarme la risa.

– ¿De qué te ríes, tío?

– ¿Dónde cojones va a ir la tarjeta SIM, cabestro? ¡En el módem!

– ¿Y para qué coño me haces levantar?

– Para que hagas ejercicio. Anda, ve a mirar si está la maldita SIM en el módem.

– Yo no sé mirar eso. ¿Y si lo miras tú?

– Pues me traes el PC a casa, con el módem, te lo miro, y te cobro cincuenta lerus.

– Venga, va.

– ¿No irás a tardar otros seis meses?

– No, hombre. Voy ahora mismo.

Dicho y hecho. Al cabo de media hora lo tenía plantado en casa.

– Cuanto tiempo, Brutez. ¿Lo has traído todo?

– Sip, mira.

– Portátil, cargador, ratón, regleta, alfombrilla… ¿No te has traído el escritorio y la silla?

– No. ¿Voy a buscarlos?

– ………. no.

Agarro el módem, abro la tapita, y jatetú, la SIM no está.

– Mira. Aquí va la SIM. Como puedes ver, no está.

– Ah, ¿eso? Pensaba que era para que no entrara polvo y lo quité.

– ….. polvo.

– Sí, ya sabes, como esas bolsitas que vienen en los zapatos nuevos.

– Eso es para la humedad, no para el polvo.

– Bueno, que pensé que no valía y lo tiré.

– Que lo tiraste.

– Sip.

– ¿Y no te tiraste tú detrás, engendro?

– Oye, sin faltar al respeto, tío.

– Anda, ve a donde lo compraste y que te hagan un duplicado de SIM. Lo metes aquí, y no lo vuelvas a sacar. ¿Presto?

– Ah pues si llego a saber que es tan fácil no te llamo.

– Si yo llego a saber lo listo que eres, te doy el número de Orejapiedra en vez del mío.

– ¿Y ese quien es?

– Un amigo mío, muy buen informático.

Y sin darme las gracias, agarra sus cosas y se larga. Esto es un amigo, y lo demás son tonterías. Es una pena que no le diera el número de Orejapiedra, Informático sin Igual. La que iban a liar entre los dos.

Amigas

Ahora que la informática ya no me da para comer, he movido mis amplios recursos al sector hostelero; lo cual significa que trabajo de noche en lugar de por la mañana, y cobro casi el triple. Viva la informática en España. Pero las burradas se han venido conmigo, por supuesto. Es como la dichosa nube de Pig-pen.

Tras levantarme de mi querida cama del Ikea, hoy a las tempranas horas de la 1 de la tarde, me dispuse a tomar una taza de té, acompañada de unas magdalenas que el solete de mi mujer tuvo la bondad de adquirir para mi degustación. Y mientras hacía esto, me ponía al día con la red de redes, cosa esencial que no puede faltar cada “mañana”.

En esto que suena el teléfono. Una señora con la que solía trabajar. No me ha llamado en la vida. De hecho, no sabía que tuviera mi número. Esto no pinta nada bien…

– ¿Hola? ¿Chris?

– ¿Qué?

– Ah, ¿estabas durmiendo?

– No. Me estaba preguntando de dónde sacarías mi número.

– Me lo dio el Señor Pepinillos.

– Entiendo. ¿Y en qué puedo serte de utilidad, Anki?

– Pues mira. Me han dicho que tú eres informático.

– Ahora mismo, soy cocinero.

– Pero solías serlo, ¿verdad?

– Eso dicen las malas lenguas.

– ¡Pues ayúdame!

– Prueba a decirme primero qué te ha pasado, y me lo pienso.

– Se me ha apagado el teléfono.

– …………. ¿qué?

– ¡Que no puedo encender el teléfono!

– ¿Y?

– Que me lo enciendas.

– Que te lo encienda.

– Sí.

– Vale. Son 50€.

– Venga, ahora voy a tu casa.

– ¿También sabes dónde vivo? Qué sorpresa.

– Me lo dijo…

– El Señor Pepinillos, claro.

– Eso, que ahora voy.

– Posfale.

Pues a los 3 minutos estaba la señora aquí, iPhone4 en mano, con cara de mucha pena, y su hija debajo del brazo. Y yo, con cara de “esto tiene que ser una broma”, y en pijama, le agarro el trasto, aguanto dos segundos el botón superior, y ¡presto! el móvil se enciende.

– ¿Cómo has hecho eso?

Yo con un mierdófono de hace 12 años, y el medio cerebro este con un iPhone4. Dios nos coja confesados.

– Son cincuenta lerus, guapa.

– Ah, claro… Verás, es que no llevo sino 20€ encima…

– Pues te lo dije antes de que vinieras.

– Es que estamos a final de mes, y en crisis, y ya sabes como está la cosa.

– Ya veo, ya veo. Bueno, dame esos 20€ y en paz entonces.

– Ah, muchas gracias. ¡Eres un amigo de verdad!

– Nah, soy de mentira. Mira como desaparezco.

Y le cierro la puerta en las narices. Me grita “adiós”, y la oigo subirse al coche. Total, que me he ganado veinte pavos por encender un móvil. El engendro este trabajando, y la cola del paro que da la vuelta a la esquina. Así nos va.

Orejapiedra strikes again

Si he tardado en postear, no es por falta de material, sino más bien justo lo contrario. Justo cuando me pasaba algo fuera de lo que yo tengo las narices de llamar “normal”, y me siento a escribir un post sobre dicho suceso, me entra alguien a la tienda y me plantea una burrada aún mayor. De dilemas está llena la vida.

Bien, pues ésta no puede esperar. Orejapiedra strikes again. Y con ganas.

El buen hombre hace como que nos ayuda en la tienda. Él hace lo que puede, o eso es lo que me gusta pensar. Lo cierto, es que de vez en cuando consigue apodar “cliente” a alguna empresa. Olé por él. Entonces es cuando la cosa se pone fea. Para mi, claro, para él no, que cobra comisión por el trabajo que le hago. Total, que viene ayer y necesitaba una oferta, que no presupuesto, para dos equipos, con pantalla táctil, software TPV multipuesto, lector de códigos de barras, y toda la parafernalia. Y yo, sumiso, voy y le hago un presupuesto, se lo doy en PDF en el pendrive que casi no me da, por si me da por mirarle las fotos que tiene. No tengo yo cosas mejores que hacer…

– Vale, ahora ayúdame a mandarlo.

– ¿Uhm?

– Que lo tengo que mandar.

– ¿A dónde?

– A Cachaflanias Permaflex.

– Vale. ¿Cómo se lo piensas mandar?

– Pues no se. ¿Cómo se lo puedo mandar?

– Pues por correo ordinario, mensajero, señales de humo, palomas mensajeras, o también…

– Chaaaaacho ya’staaaaa. ¡Joder, el tío! ¡Cómo se pone! Bueno… ¿qué hago?

– Pues casi que se lo mandas, ¿no?

– Sí… ¿pero cómo?

– Pues yo diría que por email, a menos que se lo quieras llevar en persona, que siempre queda bien.

– No, no, yo se lo quiero mandar. Por email entonces. Gracias.

Y poniendo los ojos en blanco, sigo en lo mío, que tenía el taller lleno de portátiles con un misterioso virus llamado PEBCAK. En una de éstas, que estaba yo analizando profundamente el virus, me da por mirar hacía Orejapiedra. Craso error. Levanta la vista del portátil. Nuestras miradas se cruzan. Abre la boca. Se avecina tormenta por estribor…

– Oye, ¿cómo envío esto?

– Lamadreque… digooo… ¿qué pasa?

– Pues que le doy aquí a “enviar por email” y no hace nada.

– ¿Has configurado algún cliente de correo?

– ¿Un cliente? ¿Eso se compra? Porque yo no he comprado ningún email. A ver si va a ser por eso. Pero otras veces lo he mandado, ¿eh? Otras veces he podido, ¿vale?

– Que sí, leñe. Quiero decir que si usas un programita para los emails.

– Sí, claro.

– ¿Cual?

– El Hotmail.

– No se por qué me molesto…

– ¿Cómo?

– Nada, nada.

– ¿Me vas a ayudar?

– No.

– ¿¿Cómo que no?? Se lo digo a mi hermano, ¿eh? – Es el hermano del jefe – Que me tienes que ayudar con el trabajo, ¿eh?

– Coño, es que manda huevos, que te las des de trabajar para una tienda de informática y no sepas mandar un condenado email, chaval. Y una cosa es ayudarte, y otra hacerte el trabajo para tú cobrar.

– Si el email se mandarlo.

– Entonces, ¿qué haces jugando con el menú contextual?

– Es que no quiero enviar un email, quiero enviar el fichero.

– Por email.

– Lo que tú digas. Quiero enviar el fichero.

– Cuando te caíste de aquél coche en marcha, ¿a cuánto ibas?

Total, que me armo de paciencia, y le explico. Desde cómo abrir el internet explorer, a cómo adjuntar archivos, pasando por dónde teclear la URL (no, no he dicho “url”, porque si no, aún estaría sentado con él), qué url es la de hotmail, su contraseña olvidada, la respuesta a su pregunta secreta *sigh*, y por qué pone “redactar” en lugar de “enviarle correo a Cachaflanias Permaflex”. Porque cómo si no, iba a saber el programa hormái a quién enviarle lo que no has escrito. Satisfecho conmigo mismo, con mi alarde de paciencia y labia, me levanto, dispuesto a seguir investigando los misterios del PEBCAK, sólo para ver con el rabillo del ojo cómo Orejapiedra le mete con dos cojones a la X de la ventana, sin darle a enviar. Y se queda mirando con cara de borrego el escritorio repleto de ficheros. Me mira. Le miro. Me cago en su madre.

– ¿Qué? ¿Lo enviaste?

– Ah, ¿pero no lo habías enviado tú?

– Diosss…. anda dime el puñetero correo, que ya se lo mando yo.

No había terminado la frase y ya tenía el presupuesto impreso plantado en plena jeta. Para tocar los garbanzos sí es eficaz el chico, sí. Cualquier día lo mando a hacer una “visita” a mi “amigo” del ciber, a ver si cierra por baja moral, y al menos me quito competencia, que estamos en crisis.

Y así, señores, es como uno pasa de BOFH a Pringao. Porque la próxima vez, ni se molesta. Te planta un presupuesto hecho a boli bic encima de tu teclado y no te dice ni hola. Y a quién se lo tenemos que enviar, pues se lo preguntamos a la Aramis Fuster.

Cagonsumadrejoder….

Más historias de Orejapiedra tengo en la manga. Unas cuatrocientas, que el pobre no da para más. Esperad y veréis.

Don Corleone

Pues hoy es lunes. Lunes que no veas. Super lunes, vaya. Llego al taller y no hay nada que hacer. Nada con lo que hacer como que no oigo al Padrino. Esto pinta mal.

– ¡Chris!
– Dígame, Don Padrino.
– Tengo trabajo importante para ti.
– ¿De verdad? No me lo creo.
– Mira, que me ha dicho mi hijo que hay unas películas nuevas en el cine, y necesito que me las bajes para esta tarde.
– Ah vaya. – Hago lo que puedo por seguir sonriendo – ¿Y cuáles son?
– Mira las tengo apuntadas aquí.
– A ver… ¿Catorce películas? ¿Para esta tarde?
– Sí. Que dice mi hijo que hay un programa nuevo para bajar películas súper rápido, y que se baja unas 10 “pelis” en una mañana.
– Seh, los cojones te bajo yo esto.
– ¿Cómo?
– Nada, nada, que cómo mola esto, dije.

Total. Que tengo trabajo importante… En esto que llega el $Boss, hijo de Padrino, y me ve poniendo el übertorrent en uno de los trastos que tenemos por aquí, para bajarle las “pelis” al Padrino, y le empieza a latir la vena de la frente.

– ¿¿Yo no te tengo dicho que en el trabajo no te bajes nada??
– Sí, pero es que…
– !!NADA!!
– Vale, vale…

Así que quito el programa de marras, y me pongo a ver los Simpson, que por el baremo de ésta empresa, también es trabajo importante. Importantísimo, vaya.

Por supuesto, por la tarde, llega el bueno de Vito, extasiado ante la expectativa de catorce películas para ver por la noche. Que no tiene otra cosa que hacer, el buen hombre.

– Chris, ¿me has bajado esas “pelis”?
– No.
– ¿¿Y ESO POR QUÉ?? – Lo de la vena viene de familia, parece.
– Cálmese, don Padrino. Me ha dicho su hijo que no puedo descargar nada en el trabajo.
– ¿Y qué? ¡Que me bajes las películas te he dicho!
– Muy bien. Voy a ello.
– Y las quiero para ésta tarde.
– ¿Cómor?
– Me has oído. Búscate la vida. – Cómo odio esa frase…

Total, que las pongo de nuevo. Y claro, lleva $Boss, y la vena de la frente me aplasta contra la pared.

– Pero vamos a ver. ¿Tú te me quieres subir a la chepa, o qué?
– ¿Lo cualo?
– ¿Yo no te dije a ti, bien clarito, que en el trabajo no se descarga nada?
– Sí, pero el señor Padrino…
– ¡Qué padrino ni que una menos cuarto! ¡Que no se baja nada, cagonlaputa!
– Bueno, pues se lo explicas tú. Mira, por ahí viene.

Escena de peli del oeste. Se miran. Fíjamente. Padre e hijo. La tensión hace vibrar el aire. No, espera, eso es mi móvil…

– ¡Tú quieres que nos empapelen por piratería!
– ¡Qué dices! Si me lo dijiste tú.
– Yo no te dije que vinieras a bajarte nada a la tienda.
– Ah, ¿pero me las habéis bajado?
– No.
– ¿Y qué habéis hecho en todo el día?
– Trabajar.
– Sí, claro…

¿Trabajar? ¿Quién? ¿Yo? Nah… Esos 27 ordenadores de ahí se han debido de reparar solos. Cosas que tiene la informática. Es cosa sabida que los informáticos no trabajamos. Nos pasamos el día sentados, sin hacer nada. O, como mucho, “mirando cositas” por internet. Es por eso que me traen “trabajo importante”.

No me tienen hasta los huevos ni nada.

Así que

Así que no envian correos. O eso me acaban de gritar por teléfono. Han llamado de Super Super Mega Chuli S.L., una empresa a la que llevamos el mantenimiento de los trastitos. Hace un par de días me pasé a echar un ojito, e iba todo como la seda. Uno que es bueno haciendo su trabajo, o eso les hago creer. Bueno, total, que no envían correos. Así que me agarro los cuatro juguetes que necesito y me planto allí.

– ¡Buenas!
– ¡Ay, menos mal que vienes, que esto es un desastre, no podemos hacer NADA!
– Ya será menos. – suelto los trastos en el suelo y me sigo los llantos hasta su mesa – A ver enséñame el problema.
– Mira. Éste correo se envía bien.
– Uhm… ¿Y para eso me has hecho venir?
– No, no. Mira éste otro.

Redacta un correo con 3 palabras contadas, le adjunta un PDF, y le pega a enviar. 1 minuto. 2… 5… El servidor te ha echado fuera, guapa.

– ¿Lo ves? No envia correos.
– ¿Y el otro sí?
– Sí. Pero éste no. No funciona nada.
– Bueno, déjame que vea lo que haces de nuevo.

Hala, correo nuevo, cuatro palabrejas, PDF… ¡¡Espera!! Ese PDF, ¿Cuánto pesa? La aparto de una coz, botón derecho, propiedades… 349 Megazos. Con dos cojones.

– ¡Pero Pepa! ¿Qué envías ahí?
– Pues el catálogo de Churripipas del año 2009. ¿Por?
– Porque es demasiado grande. Por eso no te deja.
– Pues antes me dejaba.

El arma más terrible del luser. “Antes me dejaba”. Ahora es cuando yo me siento aquí tres horas para averiguar por qué el servidor le rechaza un adjunto de 349 Megas. Pues no. Abro mi consola particular y tecleo: set_mode bofh on. Me veo tentado de un erase_all pepa. Pero no hay que ser malo, ¿verdad?

– A ver, enséñame algún correo tan grande que hayas enviado antes.
– No tengo ninguno…
– ¿Y eso por qué?
– Pues porque no los guardo.
– Tranquila, el programa los guarda por ti, por si te olvidas.
– ¿Ah sí?
– Sip. Fíjatetú.
– Pero es que… ¡Antes podía! Y ahora no.

Creo que se le ha atascado el bucle luseriano a la pobre. Habrá que resetearla. O formatearla, a ver si de paso aprovechamos para cambiarle el micro, que éste no “piensa”.

– Mira, yo creo que no tienes ninguno porque nunca has podido enviarlos tan grandes.
– ¿Y tú cómo lo sabes? ¡Si los envío yo!
– Esa no es la cuestión. La cuestión es que no los puedes enviar tan grandes. Son muy grandes para el servidor y se atraganta.
– Pues que tome agua. Yo tengo que enviar esto ¡AHORA MISMO! Que yo antes podía.
– Bueno, pues ya no puedes. – a ver si así cala.
– ¿Por qué?
– Porque no.
– Entonces, ¿no puedo enviarlo?
– Lo vas captando. Los correos electrónicos, más chiquitines, que se nos atraganta el servidor. Y si se atraganta, empieza a enviar correos de publicidad pornográfica con tu remitente a todos tus contactos.
– Ah, ¡pues yo no quiero que haga eso!
– Entonces no lo atragantes.
– ¿Y con esto que hago?
– Tú sabrás. Por correo electrónico no sale.

En fin, que, ya desfecho el entuerto, me piro vampiro pa mi madriguera-barra-tienda. Pero la cosa no queda ahí. ¿Qué pensabas?

¡Racarraca! ¡Racarraca!

– ¡Super informática del copón, gameloo!
– Mira que soy la Pepa. Esto sigue sin enviar nada.
– No me digas. ¿Ahora qué PDF es el que no te envía?
– Que no es ningún pedefe de esos. Es un correo sin nada.
– ¿Sin nada? ¿Entonces para qué lo envías?
– Pues para ver si funciona esto.

Y si no, darme por saco un rato, claro. Son ganas de joder. En fin, que como con esos no tengo VNC (¡¡No, no, que me miras “trabajando”!!), me toca plantarme allí otra vez.

– ¡Esto es una mierda!
– Yo también me alegro de verte, Pepa. Déjame ver. – un rápido vistazo deja claro dónde está el problema: PEBCAK – ¿Cuántas veces has intentado volver a enviar ese correo de 300 megatones?
– Pues una o dos.
– ¿Una o dos? ¿Y estos 400 correos que no salen, de quién son?
– Uy, pues habré enviado alguno más, a ver si salían.
– ¿Tú eres tonta?
– ¿Cómo?
– Nada, que si has ido a roma… A ver, los eliminamos – tarda lo suyo… – y ya está. Prueba a enviar un correo ahora.
– A ver. ¡Ay, sí! Ahora sí.
– Intenta no enviar el mismo correo 400 veces, ¿crees que podrás?
– Bueno, lo intentaré.

Y ésto señores, es un ejemplo muy claro del Homo Tocacojoncios Pedantus. Como me vuelva a llamar, le desactivo la cuenta de correo y la dejo castigada un mes sin messenger.

Con dos cojones

Esto no es un post en toda regla. Quedará más bien canijo. Pero es increíble la cara dura de algunos.

Hoy llegaba yo a mi puesto de trabajo con efecto-lunes retrasado, un tanto adormilado, a las 9:45 de la mañana. Al pasar por la zona pública de la tienda, camino al taller de la parte trasera, veo sentada en una de las mesas a una señorita, quizá señora, con un portátil, chateando alegremente por el messenger. Cosas más macabras he tenido que vivir, así que pasé en moto, y me meto al taller sin más rodeos. Me encuentro al Boss, haciendo Nada, como siempre a estas horas.

– Buenos días, Chris.
– Nodías, Boss.
– ¿Quién es tu amiga?
– ¿Perdona?
– Sí, la mujer de ahí afuera, que dice que está esperando por ti.

Lo que me faltaba a estas horas. Una desconocida esperándome en mi trabajo. Así que con toda la sonrisa que soy capaz de mostrar un lunes (o un martes con efecto-lunes), me planto donde ella está chateando.

– ¡Buenos días!
– Hola. – Ni me mira
– Disculpa, me han dicho que me esperabas.
– No, a ti no, al otro chico.

En la empresa sólo estamos el Boss y yo. Aún así, podría ser que esperase a Orejapiedra, el hermano del Boss, que pasa por aquí a “ayudar” de vez en cuando.

– ¿Entonces esperas a Orejapiedra?
– No, tampoco.
– Pues no queda nadie más a quién esperar.
– ¿Ah no? ¿No es aquí donde trabaja Antonio?
– ……. No.
– Entonces me habré equivocado. Un segundo que termino de hablar con mi amiga y me voy enseguida.

Así que se ha equivocado de tienda, cuando ésta es la única tienda de informática de los alrededores, y lleva ahí plantada cosa de dos horas, por lo que me ha dicho el Boss. Claro, y yo soy un guerrero vikingo venido del futuro para avisar a la humanidad de los efectos perniciosos del youtube.

Aún así, no voy a “echar” de la tienda a un posible potencial cliente. Con que me armo de paciencia y le doy media hora larga antes de volver a plantarme al lado de la susodicha.

– Disculpe. ¿No la esperan en otra parte?
– Sí, sí, ya me voy. – No levanta la cabeza del monitor.
– No lo digo por nada, pero creo que llega casi tres horas tarde.
– Sí, sí, ya me voy. – Sigue sin mirarme.

Ahora es cuando enviáis in SMS al 770-tontos y votáis si le rompo la clavícula o no. Bueno, mientras hacéis eso, yo voy despachándola.

– No quisiera ser grosero, señorita, – vamos a quitarle unos años, a ver si no me arrea con el bolso – pero me temo que no damos servicio gratuito de cyber café. – Y sonrío todo lo que puedo sin que se me caiga un diente.
– Sí, sí, ya me voy.

Ole sus cojones. Ole, ole y OLE.

– Eso me lleva diciendo una hora y media. ¿No le parece que está siendo un poco descarada? – Seguro que el Boss me cruje por “tratar mal” a un “cliente”, pero a éstas alturas me la suda.
– ¿¿Me estás echando??
– Pues yo me atrevería a decir, que sí.

Agacha la cabeza y por lo bajito oigo algo que remotamente me recuerda a unos gemidos. ¿Está llorando? ¡No jodas! A mi no me la cuelas.

– Mire le doy la tarjeta de un cyber que hay al otro lado del pueblo, para que vaya y pueda chatear en paz, ¿vale?
– ….

Le dejo la tarjeta del cyber de un amigo (más bien mal amigo, por eso le mando el elemento de mujer éste) encima de la mesa, y le hago un gesto de “mueve el culo, anda”. Acto seguido, media vuelta y al taller, que tengo cosas que hacer. Hace media hora que tenía que tener 3 equipos listos con messenger instalado. Que si no, los equipos no valen para nada.